La Coctelera

Categoría: La historia de Silvia

Paseando por Madrid

Lo más sorprendente del cerebro es que, aunque alberga nuestra esencia como hombres, es completamente invisible a los ojos de los demás. Dicho de forma algo más simple: uno puede ser rematadamente imbécil o un esquizofrénico o un asesino, y no despertar sospechas por la calle. Andar a diario entre miles de personas anónimas, rozarse con ellas en los autobuses, sentarse junto a ellas en los parques, estrecharse la mano en las iglesias, tomar copas, mantener relaciones sexuales…, todo ello lo hacemos al margen de esta idea. El cuerpo nos envuelve. Disfraza nuestra esencia y la convierte en una realidad distinta. Aparente. Falsa.

Aquella mañana de agosto bajé por las escaleras, saludé amablemente al portero, salí a la calle silbando, rocé con mi mano las plantas del portal y –casualidades de la vida- me crucé con una joven a la que había ayudado con algunas asignaturas de su primer curso de administración de empresas hacía un par de años. Me besó en ambas mejillas antes de irse sonriente y me devolvió una hermosa mirada cuando ya había recorrido cierta distancia. Una mirada que aguanté casi con dolor. Yo ya no era el mismo. Mi esencia había dejado de ser la de un hombre normal. Había dejado un cadáver sobre la mesa de mi despacho. La asistenta había huido despavorida creyendo que yo era el homicida. Y me había convertido en un prófugo. Pero nadie podía verlo. Nadie sospecharía de mí. Podía andar tranquilo, como cualquier otro día. No era como si sangrara, o cojeara, por ejemplo. No. Mi cuerpo no fallaba, y con eso bastaba.

Salir a la calle y sentir que era libre para ir a donde quisiera me reconfortó. Desemboqué en la calle Príncipe de Vergara y bajé a la estación de metro de Colombia. Volví a maravillarme de lo fácil que es alejarse de la escena de un posible crimen. Esperé a que pasara el tren de la línea 9, y me subí en el último vagón. El aire acondicionado me hizo bien. Apoyé la cabeza sobre uno de los laterales y dejé que el tiempo pasara. Que pasaran las estaciones. Que pasara la gente, sentándose y levantándose junto a mí, enfrente de mí. Y no fui capaz de hacer nada más durante horas.

Cuando emergí a la superficie me sorprendió la humedad. Una tormenta de verano acababa de descargar sobre las calles semidesiertas, y aún chispeaba levemente. Caminé durante un par de horas por el centro de Madrid. Estaba hermoso, fresco, reluciente. Llenaba a menudo mis pulmones hasta el fondo y expulsaba el aire con el mismo placer que muestran los fumadores con el humo de sus cigarrillos. A eso de las nueve me metí en un Burguer y disfruté como nunca de un enorme Whopper, y me quedé luego con las manos apoyadas en la mesa, mirando a través de los grandes ventanales.

Había perdido a mi mujer. Había perdido mi casa. Y estaba a punto de perder también a mi hijo. Si me entregaba en ese momento, tal vez podría defenderme respecto a la muerte de Silvia, pero era evidente que la mera declaración de Merche sería suficiente para que el juez ordenara mi ingreso en prisión. Y desde allí todo debe hacerse un mundo. La lentitud y la desidia en ese momento serían fatales para mí. Perdería la única posibilidad que aún tenía de averiguar lo que había pasado. La única oportunidad de volver a ver a Pablo.

Para un “no padre” debe ser muy difícil imaginar lo que se llega a sentir por un niño de dos años. Te da la vida, y cuando languideces te das cuenta de lo que le necesitas para sobrevivir. Mi vida se había desmoronado, y yo ya había probado el amargo sabor de la soledad impuesta. Pablo era lo único que me quedaba y lo único por lo que tenía sentido luchar. Además, tampoco veía mucha diferencia entre entregarme en ese momento, o hacerlo unos días más tarde. Decidí darme una semana de plazo. Si en ese tiempo no conseguía averiguar lo que había pasado, me entregaría a la justicia.

- Si ello sucede -recuerdo que pensé mientras miraba por los ventanales del Burguer-, me abandonaré definitivamente a lo que el destino tenga previsto para un desgraciado como yo.

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Primer Capítulo

Recordando desde el vestíbulo del hotel


“En los últimos meses dos ciclistas de alto nivel han muerto en la cama de su domicilio sin causa aparente; tanto Salomón como Johan Sermon estaban en perfecto estado físico”.

Recuerdo que leí este extracto en un boletín de la Federación Española de Ciclismo, cuarenta y ocho días después de tocar el cuerpo de Silvia por última vez, en el hall del Hotel Puerta Avenida de América. Por muy estúpido que ello parezca hoy, lo cierto es que en aquel momento me alivió. Necesitaba agarrarme a algo, y la mera idea de que tal vez la muerte de Silvia hubiera sido algo casual, fortuito, tan natural e inevitable como una tormenta de arena en el desierto, me inspiró cierto alivio.

En aquel momento, sin embargo, mi cabeza era todavía un imparable hervidero. Necesitaba tiempo para pensar, pero mis neuronas no respondían. Trataba de luchar contra una inevitable tendencia a la evasión, pero, a la vez, una frenética reproducción de las escenas que acababa de vivir pocas horas antes me asaltaba cada pocos minutos, y me impedía la serenidad que necesitaba para ver las cosas con cierta perspectiva.

Tras verificar que el corazón de Silvia no latía, me volví hacia Merche sin decir nada. Ella, con un dramatismo que en ese momento me exasperó, rompió a gritar, tapándose la cara con las manos enguantadas, cayendo de rodillas sobre la moqueta del despacho. Una escenita más. Estaba empezando a hartarme.
Sin embargo, lo peor no había hecho más que empezar.
Merche seguía en la misma posición, con la cara totalmente tapada por los guantes que minutos antes habían estado en contacto con un producto de limpiar los muebles. Recuerdo que llegué a preguntarme si le habría afectado la toxicidad del limpiador. Repentinamente se levantó y se dirigió al teléfono que seguía sobre la mesa, en el extremo opuesto a donde yacía Silvia. Y en ese momento, al comprender que Merche quería llamar a la policía, sentí miedo. Un miedo atroz.

Malena –mi ex- y yo estábamos aún en disputas por la custodia de mi hijo Pablo. Las fotos que me delataron en un coche con mi secretaria pesaban como un yunque en mi defensa de la custodia compartida, y era evidente que aquella situación sería la puntilla. Pero no se me ocurrió nada para manejar la situación. Me abalancé sobre Merche y forcejeé con ella hasta que soltó el auricular del teléfono. Simplemente necesitaba controlar la situación, que no aparecieran otros factores que me impidieran actuar correctamente. Pero, naturalmente, Merche no lo entendió así. Yo estaba en el piso cuando ella llamó al telefonillo, y ni siquiera sabía que yo había estado inconsciente varias horas, en el intervalo en que Silvia había perdido la vida.
Con unos ojos horrorizados que me miraban con incredulidad, Merche pareció salirse aún más de sus casillas, y voló aullando como un fantasma sin tan siquiera cerrar la puerta tras de si.

Todo se quedó mudo. El sol del mediodía empezaba a colarse con fuerza entre los stores de madera que hice colgar tras mi reciente mudanza, y dejaba al descubierto pequeñas motitas de polvo que se balanceaban sobre la estancia. No se si en un arranque de lucidez o de inconsciencia, me puse la chaqueta, cogí la cartera, las llaves y salí del piso sin saber muy bien adónde ir.

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Primer Capítulo

Ante el cuerpo de Silvia

Lo que más me sorprendió de la situación fue mi propia reacción: no me produjo miedo o rechazo, sino un sensación de irrealidad, como si estuviese contemplando la puesta en escena de una película en la que, en algún momento, oiría el clásico grito de ¡cooortén!, y el cuerpo de Silvia volvería a moverse y se reincorporaría con una sonrisa en la boca.

Nada de ello ocurrió.

Estaba sentada, pero su torso abrazaba el lateral de la mesa, del que caía su brazo derecho hasta tocar el suelo. Recuerdo ese detalle: solo un dedo, el anular, en contacto con la moqueta del escritorio. Su cara había palidecido, aunque no puedo decir que estuviera fea; sus ojos marrones abiertos y la mirada ausente.

La situación se prolongó durante unos segundos que se me hicieron una vida.

Una rigidez insoportable en el cuello me sacó de esa visión y, al acelerarse el pitido que me acompañaba por las sienes al ritmo que marcaba el latido de mi corazón, sentí naúseas.

- Señor…, ¿está muerta?, -tarareó Merche con un hilillo de voz que apenas pude oir.

De repente, sentí sobre mi el peso de la responsabilidad. Hasta ese momento había visto la escena con cierto desapasionamiento, casi –me averguenza decirlo- con diversión. Quizá no esté siendo del todo exacto: era algo parecido a la excitación que, en situaciones de hastío vital, se siente al ver una escena macabra en una película de terror. Pero el caso es que, durante aquellos segundos que había pasado delante del cuerpo de Silvia, la situación no había llegado a afectarme personalmente. Y, sin embargo, las palabras de Merche me hicieron sentir aquella situación como una tremenda carga que podría complicarme la vida para siempre.

Me sentía cansado. Quería irme a casa.

Me incliné sobre el cuerpo de Silvia y le puse la mano en el cuello. También ese gesto me pareció irreal. Era como si mi cuerpo no fuera mío, sino el de un actor que hacía de mi mismo. Yo volvía a observar la escena desde fuera. No entiendo cómo es posible que el único recuerdo que guardo de aquel momento es mi propia imagen vista desde arriba, como si tuviera una cámara enfocándome desde el techo del Despacho.

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Primer Capítulo

Poner orden en las ideas

Me miré al espejo del cuarto de baño y pude ver cómo me resbalaban aún gotas de agua por la cara. Me noté algo envejecido, con las ojeras inusualmente marcadas. Luego me senté encima del bidé y traté de poner en orden mis ideas.

Hacía solo cuarenta y ocho horas que había recibido la llamada de Silvia Malpensa.

Era evidente que se había equivocado de persona. Mi referencia se la había dado, según ella misma había dicho, una tal Rocío Villaroy, cuyo nombre me resultaba absolutamente desconocido. Además, Silvia pedía los servicios de un buen investigador, posiblemente un detective privado, y aunque siempre me ha gustado pensar que en cierto modo mi trabajo tiene algo que ver con ello, la verdad es que es bastante más aburrido, ya que me dedico a tramitar nulidades de matrimonios canónicos. La mayoría de las veces ello requiere investigar en las vidas personales de mis clientes, dado que solo algunos motivos muy concretos permiten tramitar una nulidad matrimonial de este tipo. Pero ello dista mucho, desde luego, del trabajo de investigación que puede pedirse a un detective privado.

Quizá fuera más raro justificar el porqué de mi reacción, no sacando inmediatamente a Silvia del error de que yo era la persona que ella buscaba. Pero era evidente que ello tenía algo que ver con mi reciente separación. Tras un último año horrible, lleno de tensiones, reproches, reconciliaciones en falso y, finalmente, mi salida de casa, sentí una creciente necesidad de evadirme de la realidad más cercana. Mi trabajo me ayudaba, pero solo hasta cierto punto. El hecho de haberme ido a vivir precisamente al apartamento en el que tenía mi oficina era parte del plan, y me había alejado hasta cierto punto del problema que suponía la convivencia familiar. Pero era evidente que necesitaba algo más. Inventarse una nueva vida puede ser algo duro. Cuando recibí la llamada de Silvia, mi subconsciente debió aletear ante la oportunidad de sentir un punto de mayor emoción vital. En el fondo, en mi corazón de niño, siempre he querido ser un detective privado.

En cuanto a mi caída, no tenía muy claro que tuviera algún sentido. Simplemente tropecé y perdí el equilibrio. Pero ahora que conocía la inocencia del cochecito al que yo instintivamente culpaba de mi caída, el tema merecía un mayor análisis. Volví a recorrer el trayecto que hice el día anterior delante de Silvia, y no fui capaz de advertir objeto alguno capaz de hacerme caer. Tampoco tenía sentido que hubiera tardado tanto en recobrar el conocimiento tras la caída. Me daba pereza pasar por urgencias, aunque me seguían zumbando los oidos como si llevara colgadas dos colmenas a modo de pendientes.

De repente, un grito de Merche me hizo salir de mis pensamientos. Corrí en su búsqueda hacia el despacho, y la encontré con las manos tapándose la boca, contemplando el cuerpo sin vida de Silvia, que yacía apoyada sobre la mesa de mi escritorio.

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Primer Capítulo

Un nuevo despertar

Volvió a sonar el telefonillo. El calor era sofocante.

Mientras recuperaba el conocimiento, recordé vagamente los perfiles de una alucinación: Silvia me cogía la cara entre las manos y me miraba con sus dos grandes ojos marrones, que tenían exactamente el mismo tono cobrizo que su pelo, fino y extraordinariamente liso. Al mirarme, me sonrió cariñosamente, y luego atrajo mi cabeza contra su pecho, del que colgaba una medallita de oro cuya frialdad sentí en mi mejilla durante unos segundos.

Cuando recuperé plenamente la conciencia me vi recostado en el sofá, a unos metros de donde debí caerme.

En el piso no había ya nadie.

El telefonillo seguía sonando y me martilleaba el cráneo, así que me levanté lo más rápido que pude, mientras las sienes se ponían a cantar por mis oídos. Levanté el auricular del telefonillo, pasandome una mano por la frente, que sentí más caliente de lo normal:

- ¿Diga?

- Soy Merche.

- ¿Merche? -contesté, confuso.

- Si señor, ayer no vine ¿recuerda?

Elevé instintivamente la muñeca para mirar la hora y el reloj me devolvió una fecha que no era hoy, sino mañana. ¿Era posible? ¿Había pasado veinticuatro horas inconsciente?

Estaba tan aturdido que decidí dejarlo estar, hasta que estuviera en condiciones de pensar con claridad. Así que abrí a Merche, dejé abierta la puerta de casa, y me dirigí al cuarto de baño para lavarme la cara.

Una vez allí, advertí que el cochecito de juguete que yo culpaba de mi caida estaba en realidad en la repisa del espejo del baño. De repente, recordé haberlo dejado allí la última vez que vino a verme al piso mi hijo Pablo.

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Primer Capítulo

La primera vez que vi a Silvia

Sonó el telefonillo.

Mientras sonaba, me ví envuelto en el aullido de la sirena de un 4x4 que, en mi sueño, conducía una mujer a toda pastilla por la orilla de una playa desierta. A la mujer le faltaba un diente, pero de cintura para arriba lucía un minúsculo bikini que apenas tapaba el pecho más seductor que hubiera visto antes. O mejor dicho, el más seductor que hubiera visto..., hasta que apareció Silvia.

Me asomé a la mirilla antes de abrir la puerta. Me restregué los ojos enrojecidos por la botella de vino blanco (Somontano, Viñas del Vero) que me había calzado la noche anterior, y en esas circunstancias la vi por primera vez.

Abrí torpemente la puerta, disculpándome por la tardanza y el desorden, y le pedí que me siguiera hasta una pequeña sala de reuniones que tenía habilitada en el piso.

Desgraciadamente aquél día Merche, la asistenta, estaba en no se qué maldito recado; cuando viene al piso, limpia y pasa a los clientes a la sala (disfruta, según me ha dicho alguna vez, del juego de sentirse parte del Bufete por unos momentos). Así que, mientras dirigía a Silvia hacia la sala, me disculpaba por la ausencia de Merche. Y luego balbuceé un par de tonterías más.

No podía dejar de hablar, volviendome para mirar a Silvia de reojo a cada frase.

En una de esas maniobras, pisé lo que debía ser un cochecito que habría dejado allí mi hijo y perdí el equilibrio, muy levemente al principio, pero fatalmente después. No se cómo sucedió, pero fui cayendo lenta y torpemente de lado, como en cámara lenta, mientras miraba los atónitos ojos de Silvia, que me hicieron recordar los pechos de la mujer del 4X4, justo en el momento en el que mi cabeza golpeaba contra el suelo, y yo perdía el conocimiento.

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Primer Capítulo

La llamada de Silvia

Me jode que me fastidien la siesta.

Cuando sonó mi móvil aquel lunes de agosto lo dejé sonar, incluso cuando ya me había despertado. Me había olvidado conectar el contestador y aquel desgraciado repetía la llamada cada pocos minutos.

Decidí contestar, pero no pude moverme. El botellín de Mahou de litro que me había metido entre pecho y espalda antes de la siesta me lo impedía. Al incorporarme, me repitieron los berberechos. Traté de que mi voz reflejara cierta lucidez:

- Dígame.

- Querría hablar con el señor Torres.

- Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarle?

- Mire, mi nombre es Silvia Malpensa y llamo de parte de Rosario Villaroy.

- Ah si, Rosario –respondí sin tener ni idea de quién era Rosario.

- Querría exponerle mi problema y saber si usted podría ayudarme. Según me ha dicho Rosario, usted es un buen investigador.

Sin titubear le contesté que me gustaba pensar que mis clientes así lo creían.

- Perfecto. Me gustaría hablar con usted en persona, odio el teléfono ¿sabe?

Y sin mayores prolegómenos, acordamos vernos a las diez de la mañana del día siguiente.

Luego me quedé pensando en qué fue lo que me había llevado a desaprovechar la oportunidad de dejar clara la situación desde el principio. Y es que una cosa estaba clara: yo no era la persona que Silvia Malpensa estaba buscando.

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