Lo más sorprendente del cerebro es que, aunque alberga nuestra esencia como hombres, es completamente invisible a los ojos de los demás. Dicho de forma algo más simple: uno puede ser rematadamente imbécil o un esquizofrénico o un asesino, y no despertar sospechas por la calle. Andar a diario entre miles de personas anónimas, rozarse con ellas en los autobuses, sentarse junto a ellas en los parques, estrecharse la mano en las iglesias, tomar copas, mantener relaciones sexuales…, todo ello lo hacemos al margen de esta idea. El cuerpo nos envuelve. Disfraza nuestra esencia y la convierte en una realidad distinta. Aparente. Falsa.
Aquella mañana de agosto bajé por las escaleras, saludé amablemente al portero, salí a la calle silbando, rocé con mi mano las plantas del portal y –casualidades de la vida- me crucé con una joven a la que había ayudado con algunas asignaturas de su primer curso de administración de empresas hacía un par de años. Me besó en ambas mejillas antes de irse sonriente y me devolvió una hermosa mirada cuando ya había recorrido cierta distancia. Una mirada que aguanté casi con dolor. Yo ya no era el mismo. Mi esencia había dejado de ser la de un hombre normal. Había dejado un cadáver sobre la mesa de mi despacho. La asistenta había huido despavorida creyendo que yo era el homicida. Y me había convertido en un prófugo. Pero nadie podía verlo. Nadie sospecharía de mí. Podía andar tranquilo, como cualquier otro día. No era como si sangrara, o cojeara, por ejemplo. No. Mi cuerpo no fallaba, y con eso bastaba.
Salir a la calle y sentir que era libre para ir a donde quisiera me reconfortó. Desemboqué en la calle Príncipe de Vergara y bajé a la estación de metro de Colombia. Volví a maravillarme de lo fácil que es alejarse de la escena de un posible crimen. Esperé a que pasara el tren de la línea 9, y me subí en el último vagón. El aire acondicionado me hizo bien. Apoyé la cabeza sobre uno de los laterales y dejé que el tiempo pasara. Que pasaran las estaciones. Que pasara la gente, sentándose y levantándose junto a mí, enfrente de mí. Y no fui capaz de hacer nada más durante horas.
Cuando emergí a la superficie me sorprendió la humedad. Una tormenta de verano acababa de descargar sobre las calles semidesiertas, y aún chispeaba levemente. Caminé durante un par de horas por el centro de Madrid. Estaba hermoso, fresco, reluciente. Llenaba a menudo mis pulmones hasta el fondo y expulsaba el aire con el mismo placer que muestran los fumadores con el humo de sus cigarrillos. A eso de las nueve me metí en un Burguer y disfruté como nunca de un enorme Whopper, y me quedé luego con las manos apoyadas en la mesa, mirando a través de los grandes ventanales.
Había perdido a mi mujer. Había perdido mi casa. Y estaba a punto de perder también a mi hijo. Si me entregaba en ese momento, tal vez podría defenderme respecto a la muerte de Silvia, pero era evidente que la mera declaración de Merche sería suficiente para que el juez ordenara mi ingreso en prisión. Y desde allí todo debe hacerse un mundo. La lentitud y la desidia en ese momento serían fatales para mí. Perdería la única posibilidad que aún tenía de averiguar lo que había pasado. La única oportunidad de volver a ver a Pablo.
Para un “no padre” debe ser muy difícil imaginar lo que se llega a sentir por un niño de dos años. Te da la vida, y cuando languideces te das cuenta de lo que le necesitas para sobrevivir. Mi vida se había desmoronado, y yo ya había probado el amargo sabor de la soledad impuesta. Pablo era lo único que me quedaba y lo único por lo que tenía sentido luchar. Además, tampoco veía mucha diferencia entre entregarme en ese momento, o hacerlo unos días más tarde. Decidí darme una semana de plazo. Si en ese tiempo no conseguía averiguar lo que había pasado, me entregaría a la justicia.
- Si ello sucede -recuerdo que pensé mientras miraba por los ventanales del Burguer-, me abandonaré definitivamente a lo que el destino tenga previsto para un desgraciado como yo.
