Nimzaj
En la madrugada de aquel lunes 3 de julio un suceso extraño alteró para siempre la vida de los habitantes de Mellobuán. A las tres menos cuarto, cuando la temperatura rebasaba los 32 grados y el asfalto aún desprendía calor, empezó a nevar sobre la ciudad: una nieve fina y suave, que dejó boquiabiertos a los transeúntes durante los aproximadamente quince minutos que duró el fenómeno.
Quienes en aquel momento dormían, soportando a duras penas el sofocante calor del verano, se despertaron al día siguiente con fuertes molestias en el costado izquierdo, asociado al parecer a la aparición de un bulto, aproximadamente un palmo por debajo de la axila. Los servicios de urgencias se colapsaron durante las primeras horas de la madrugada del 3 de julio. Los médicos que hacían guardia intentaron socorrer a quienes primero se acercaron a ser atendidos, pero pronto la afluencia pasó a ser masiva, por lo que se dieron órdenes de cerrar las puertas de los hospitales. Los pocos que lograron ser atendidos no experimentaron ninguna mejoría con la medicación de choque que les fue suministrada. Durante las primeras horas de la mañana se colapsaron las líneas telefónicas. Las emisoras de televisión dejaron de emitir, al no aparecer en plató los presentadores, ni los técnicos, todos ellos afectados por aquel repentino mal. Las televisiones comenzaron a emitir películas o programación en diferido, y la radio se limitó a difundir música.
Curiosamente, aquellos que no estaban dormidos entre las tres menos cuarto y las tres de la madrugada no se vieron afectados por los dolores. Aunque desde el primer momento se trató de utilizarles para que colaborasen en tareas de mantenimiento de algunos servicios mínimos y para urgencias, eran tan pocos en relación al resto y tan dispares entre si, que al poco tiempo se desistió de la idea. Por otro lado, las autoridades trataron de organizar “unidades de contención de la crisis” que permitiesen mantener controlada la situación desde el punto de vista sanitario y de orden público, pero la mayoría de los políticos, policías, militares y médicos, al igual que el resto de la población, estaban afectados por la pandemia, lo que restó operatividad a estas unidades.
En el transcurso del día 4 de julio pudo confirmarse que el dolor se debía a una protuberancia que crecía a ritmo vertiginoso sobre el costado izquierdo de quienes habían estado durmiendo aquellos fatídicos quince minutos de nevada nocturna. La población entró en un estado de angustiosa perturbación que se incrementaba a medida que pasaban las horas. Nadie era apenas capaz de otra cosa que no fuera quejarse. Los bebes lloraban, los niños lloraban y los jóvenes se retorcían quejumbrosos mirando a sus desconcertados padres. Los adultos a duras penas encontraban la forma de atender a sus hijos y a sí mismos, ya que era difícil mantenerse en pie el tiempo suficiente para beber y comer. Pero lo peor era, sin duda, el miedo. Un pavor existencial lo invadió todo y sumergió a la población en un mar de interrogantes: ¿Cómo era posible? ¿De dónde venía aquel mal? ¿Era un castigo divino? ¿Dónde estaba la medicina para hacer frente a aquella repentina alteración de la naturaleza humana? ¿Dónde habían quedado la ciencia, la política, la cultura, la historia...? En un solo día, una mutación en la naturaleza humana lo había cambiado todo, transformándolo en un mundo sin sentido; cualquier proyecto de futuro había quedado pulverizado; todo pasado había dejado de tener sentido, y el presente lo llenaba todo; un presente en el que solo había sufrimiento y dolor. Apenas había ánimo para recordar el pasado, pero de haber sido posible, todos los habitantes de Mellobuán habrían añorado, con amarga nostalgia, el recuerdo de un pasado esencialmente feliz.
Al cabo de dos semanas la prominencia de quienes habían sido afectados se había convertido en una extremidad más, algo así como una clonación del brazo izquierdo, que desembocaba en un manojo de dedos pequeños; la extremidad era incialmente incontrolable, moviendose casi con vida propia durante el día; sin embargo, durante la noche, apenas se movía, por lo que era posible dormir. Aquella situación se mantuvo durante casi un mes. Quienes se encontraban enfermos antes del acontecimiento no pudieron resistir y murieron; sin embargo, la mayoría de la población logró aguantar, y durante la última semana de julio los afectados comenzaron a sentir que el dolor remitía. Incluso, fueron siendo capaces de mover a su antojo la nueva extremidad.
Poco a poco la población se fue acostumbrando a la nueva situación. La protuberancia recién surgida, lejos de significar miedo y dolor, pasó a formar parte de la vida de las gentes de Mellobuán. En los primeros días sin dolores muchos se plantearon iniciar una masiva extirpación quirúrjica de la nueva extremidad, pero era tanta la gente afectada que el tiempo y el coste global hubiera sido inmenso. Además, pronto se establecieron equipos de trabajo dirigidos a asimilar este nuevo cambio e integrarlo en la forma de vida de la ciudad: se identificaron las ventajas y los inconvenientes, así como los pelígros de la convivencia con la nueva extremidad. Para la industria textil, por ejemplo, se predijo un tremendo potencial, al hacerse necesario sustituir los inventarios de ropa por otros en los que las nuevas camisas, trajes, camisetas, abrigos y demás prendas incorporasen un nuevo "complemento". Sin embargo, el mundo del deporte sufriría una tremenda convulsión, ya que, por ejemplo, espectáctulos como el baloncesto, el boxeo, la gimnasia, la danza o la natación cambiarían por completo. Incluso se llegó a pensar en las dificultades que supondría, a nivel jurídico y ético, contemplar un nuevo "status" que integrase los derechos y obligaciones de hombres con dos y tres brazos. Sin duda, había mucho que pensar e investigar para asimilar el nuevo cambio.
El lunes 14 de agosto, exactamente a las tres de la madrugada, sucedió otro acontecimiento sobrecogedor. Repentinamente, todo el agua que se encontraba expuesto al aire libre en parques, fuentes y estanques empezó a borbotear; muy lentamente al principio y con gran estrépito después, hasta producirse una especie de lluvia al revés, algo así como una “lluvia inversa”; subió, por tanto, todo aquel agua con gran fuerza hasta quedar suspendido a varios metros del suelo. Y Mellobuán quedó encapotado por aquel bello manto líquido. Quienes pudieron verlo dicen que al mirar hacia arriba vieron reflejados sus atónitos rostros en el agua, que se mecía levemente suspendida a poca distancia sobre sus cabezas. Pudieron ver reflejadas las aceras, la parte alta de los monumentos, las farolas, los techos de los coches, los edificios... Y a las tres y cuarto de la madrugada, aquella alfombra líquida se deshilachó, desplomandose sobre Mellobuán. Miles de millones de gotas de agua en polvo cayeron sobre la ciudad y lo traspasaron todo, calando todos y cada uno de los rincones de la ciudad, hasta alcanzar a todos, mujeres, hombres y niños, animales y plantas de Mellobuán.
Nunca se encontró rastro alguno de aquella fina capa de agua. Todo lo que se sabe de ella es a través del testimonio de los miles de habitantes que desinteresadamente registraron sus experiencias en otros tantos archivos informáticos. Todos coincidieron en señalar que su primera impresión al sentir la lluvia, aún estando muchos de ellos dormidos, fue de felicidad. Y muchos de ellos utilizaron, en concreto, la palabra bautizo para describir aquel fenómeno. Además, al ser preguntados por la textura del líquido que les roció, coincidieron en señalar que tenía un agradabilisimo tacto y un penetrante e intenso olor. Un olor perfumado que para muchos era familiar. Un aroma que muchos de ellos asociaron a una flor de verano, pero ninguno de ellos conocía; un aroma que los habitantes de Mellobuán denominaron “nimzaj”. La palabra “nimzaj” se convirtió así en el símbolo de un tipo especial de felicidad, algo así como un agradable perfume que lo impregna todo y está siempre ahí, aún cuando no sea posible verlo ni olerlo; un símbolo que se utilizó para designar la esencia del hombre en su afán por mejorar y por sobreponerse al miedo y la incertidumbre. Con el tiempo, el término “nimzaj” adquirió una acepción más profunda, vinculada a una suerte de “agradecimiento existencial”.

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... y me quedo con esta
dplhntfgla referenció
Mom\'s Soapy Enema
jshdiuc btjpigtm lrzparum gztbcyuvktu zaktqrig iiwmeltfa
1 Enero 2007 | 06:39 AM