Ayer me contaron una historia que, como sucede muchas veces en la vida, se debate entre lo cómico y lo macabro.

Como mucha gente sabe, la DGT lleva casi un año incrementando el número de radares fijos instalados en las carretereas y en las grandes ciudades españolas. Esta historia tiene que ver con el radar fijo que se instaló en el Kilómetro 1 de la M-30 madrileña, junto al panel informativo que puede verse en esta foto. Una vez instalado, fue necesario, naturalmente, probar su correcto funcionamiento, es decir, que era capaz de captar y transmitir correctamente la foto de un infractor circulando a gran velocidad. Para ejecutar esta prueba, vulgarmente denominada como “RFT”, se suelen utilizar vehículos de la DGT conducidos por experimentados pilotos, que hacen la prueba en horas de poco tráfico, normalmente por la noche.

Pues bien, aquel fatidico miércoles 29 de junio de 2005, catorce horas antes de la hora prevista para la prueba (que estaba fijada para las 4 de la madrugada), el especialista se estaba tomando un pincho de tortilla y una tapa de callos en un bar madrileño; por la tarde, el piloto comenzó a sentir ciertos escalofríos, y noventa minutos antes de la hora prevista para la prueba, es decir, hacia las dos de la madrugada del jueves 30, se retorcía de dolor, entre vómitos y diarreas, en su casa de la calle Quintana.

El funcionario que estaba a cargo de la prueba, un tal Sebastian C., había reservado dos noches de hotel en Florencia donde tenía planeado pasar con su amante las noches del jueves y el viernes. Había hecho coincidir el viaje con un simposio sobre unos nuevos radares láser denominados Autovelox que fabrica una empresa italiana llamada Sodi Scientifica. Sebastian llevaba semanas pensando en el viaje: el avión salía de Madrid el mismo jueves a las siete de la tarde, y pasarían en Florencia el resto del jueves y todo el viernes, con sus correspondientes romances nocturnos. Sin embargo, cuando Sebastián supo que el especialista no podría estar listo para la prueba aquella noche, eran ya las dos y cuarto de la madrugada del jueves 30. La campaña de tráfico en la que se anunciaba oficialmente la entrada en servicio de los 37 radares fijos comenzaba el viernes 1 de julio, y es evidente que el protagonista de esta historia debió temer que si fallaba el piloto aquella noche, la prueba necesariamente tendría que hacerse, con un especialista de sustitución, la noche del jueves, justo en el momento en el que él y su amada debían estar retozando en la habitación del hotel. Así que, ante la posibilidad de tener que cancelar su ilusionante viaje, Sebastian tomó la decisión de coger su propio coche y, sin hacer cambio alguno en el programa, dio la órden de activar el radar. Circuló por la A-1 en sentido norte, tomó el cambio de sentido que hay en la Moraleja, y avisó al centro de control para dar el modelo y número de matrícula del vehículo que haría la prueba, que era el suyo.

Mientras aceleraba por la carretera hacia el punto kilométrico 1 de la M-30 se debió sentir especialmente feliz, posiblemente pensando en su viaje a Florencia y en la noticia que, según comentó después su amante, tenía pensado darle. Cuando tenía ya a la vista el radar, debió hacer el ademán de cerrar la ventanilla; pero posiblemente el calor, o simplemente el despiste, hizo que la mantuviera abierta. Luego puso la radio a todo volumen. Aceleró a fondo el vehículo, hasta alcanzar una velocidad previa de unos 180 kilómetros por hora, y cuando a punto estaba de rebasar la señal de la que cuelga el radar, sucedió algo sorprendente. Un resorte debió removerse en su interior, quien sabe, un sentimiento de alegría, un ansia de libertad; tal vez fue una repentina vuelta a la niñez, mientras sentía en su cara la velocidad y el aire que entraba por la ventanilla. Pudo ser una mezcla de todo ello, y repentinamente, justo cuando pasaba por debajo del radar a 193 kilómetros por hora, Sebastian sacó por la ventanilla la mano, y la levantó con arrojo hacia el cielo, con el dedo anular levantado, justo en el momento en el que se disparaba la foto. Escasos metros más adelante, el vehículo de Sebastián C. reventaba un neumático con una pieza metálica desprendida de una hormigonera y se estrellaba sin remedio, después de dar siete vueltas de campana, primero contra la mediana y luego contra la fachada de un edificio de 18 plantas que se encuentra en ese lado de la M-30.

Esta fue, por tanto, su última foto, la última imagen que nos ha quedado de Sebastian C., su último legado al mundo. La foto de su dedo anular saliendo de la ventanilla de su coche, quien sabe si dedicado a sus compañeros de la DGT, a su jefe, a su mujer, al radar o a nadie en particular. Un dedo anular erecto como un falo que se jacta insolente de nuestra impertinente y siempre inoportuna mirada.

Epílogo

¿No es desconcertante que la última foto de Sebastian C., última imagen que queda de él para su familia, su amante, sus compañeros, sea, por decirlo de alguna manera, tan ridícula?

Pretendemos atribuir a nuestros principales hitos en la vida un sentido grande, trascendente, que nos deje en buen lugar para quienes en algún momento se acurden de nosotros, de lo que hicimos, de lo que fuimos... Y, sin embargo, nos asusta pensar que lo último (y tal vez lo único) que quede de nosotros cuando ya no estemos pueda ser tan vanal como el gesto estúpido de Sebastián C.

Por eso yo, tras oir la historia, he llegado a cierta conclusión.

La muerte casi nunca se elige. Se nos impone. De alguna manera sorprende siempre y nunca nos pilla del todo preparados. Por eso, ¿no deberíamos perderle "el respeto"? Tal vez sea mejor plantearla con naturalidad, como un punto más de nuestra vida, que incluso podría hasta celebrarse, más o menos como se celebra un cumpleaños...

Así, la forma en que muriésemos sería lo de menos.

Lo de más, sería lo otro.

Lo que hicimos.

Lo que fuimos.

Lo que dimos.

Lo que amamos.

Lo que escribimos...