Existe un momento en el que no puedo dejar de sentirme especialmente orgulloso de pertenecer al genero humano. No es que no haya otras veces en que no sienta precisamente todo lo contrario, pero hay un momento en que lo siento de forma especial: cuando el avion ruge (siempre que puedo miro, con mi mirada de niño, por la ventanilla) y se eleva con una majestuosidad y suficiencia que me emociona y sobrecoge, a partes iguales. Ver, alejándose, la ciudad, sus luces, sus normas, la organizacion y la complejidad que esconden en cada rincón, no dejan de sorprenderme, de producirme, después de tantos años, el orgullo al que me refiero. Orgullo y, tambien agradecimiento (puede ser de otra manera?), a quienes me precedieron, a quienes han hecho posible (con su ciencia, con su esfuerzo, con su afan...) que yo pueda hoy volar (volar!) y ver, a 7.000 metros de altura, la superficie mullida de las nubes que abrazan esta puesta de sol maravillosa.

Esperadme, que enseguida bajo, a fundirme con vosotros en este paraiso que damos por supuesto y que llamamos "el mundo civilizado".