Leo...

Desde la cuna a la tumba, una brisa de prosperidad acompañó a mi amigo Ellinson. Y no uso la palabra prosperidad en un mero sentido mundano. La empleo como sinónimo de felicidad.

(...)

Pero, no es mi intención escribir un ensayo sobre la felicidad. Las ideas de mi amigo pueden resumirse en pocas palabras. Admitía solamente cuatro principios elementales, o más estrictamente: cuatro condiciones de felicidad. La que él consideraba principal era (extraño parece decirlo) pura y simplemente la del ejercicio al aire libre. La salud, según él, obtenida por otros medios es apenas digna de merecer tal nombre. Ponía por ejemplo el éxtasis del cazador de zorros y señalaba que los labradores eran la única gente que, como clase, puede ser cabalmente considerada más feliz que las otras. Su segunda condición era poseer el amor de una mujer. Su tercera, y más difícil de lograr, era el desprecio de la ambición; y su cuarta era perseguir siempre un objetivo, sosteniendo que siendo iguales las otras cosas, la extensión de la felicidad conseguida estaba en proporción con la espiritualidad del objetivo perseguido.

Levanto la vista del papel mientras recapacito sobre lo que acabo de leer (un pequeño escalofrío se instala en mi estómago), y se me queda una mirada tonta, perdida en el infinito. Podría haberme tirado una vida entera tratando de decirlo, y jamás habría hecho diana.

Mientras pienso en ello, siento brotar un nuevo impulso, un nuevo objetivo vital que añado a la cesta, en este momento de mi atolondrada vida: leer a Edgar Allan Poe...