Hace algún tiempo escribí una historia que titulé Nimzaj.

Ayer la leyó mi madre.

Entre otras cosas, me dijo que se preguntaba qué era lo que quería transmitir. Tal vez -decía- se trata de que cada uno veamos una cosa distinta en la historia.

Lo cierto es que (al menos en este caso) sí tenía una idea clara de lo que quería decir, aunque tal vez poco espacio para desarrollarla. Al leerla -me han dicho-, "se intuyen algunas cosas", pero dan ganas de "saber más".

Lo que me empujó a escribirla fue lo siguiente: ¿cómo se siente un bebé cuando le salen los dientes o le duele algo? Ese desconcierto existencial es el que me interesaba (dolor sin entender su procedencia). Y me pareció interesante extrapolarlo a nuestra vida normal.

Los adultos damos por hecho "normalidad" (predecibilidad, control, rutina) en nuestra existencia (cosa que los niños no) y olvidamos que estamos sujetos a las fuerzas de la naturaleza y que no siempre podremos controlar sus efectos.

Esa sensación de control que nos da la ciencia, por otra parte, nos quita la modestia que necesitamos para apreciar la gran suerte que tenemos de vivir, y además en un momento de la historia en el que podemos aprovechar toda la experiencia de conocimientos acumulados durante siglos.

Por eso me interesaba ver cómo encajaríamos ese mismo desconcierto, y luego la superación de la situación. Finalmente, un nuevo bautismo, tras el cual la gente celebra, con la creación de una nueva palabra (nimzaj) el "agradecimiento existencial" que supone vivir de esta manera, en este lugar, y con esta riqueza, económica y cultural.