Fogonazo I

Box de urgencias del hospital La Paz. Hora de visitas de familiares –el nuestro, angina de pecho, Box 3. Nos adentramos totalmente desorientados por los vericuetos de urgencias: un hormiguero incontrolable. No hay nadie informando. Vemos unos bedeles descansando en una sala específica, que nos dirigen hacia otra zona; finalmente damos con una señora que nos indica. Avanzamos. Sorteamos las salas de urgencias, paneles verde oscuro que cuadriculan un espacio cerrado, sin luz exterior, con un cierto sabor a hospital de campaña tras un holocausto nuclear. Seguimos: empujamos más puertas y avanzamos sin oposición. Camas ocupadas en los pasillos. Divisamos por fin el Box 3: una sala grande con un montón de camas –tal vez, cincuenta o sesenta-, con otros tantos enfermos, muchos mayores, rodeadas de gente. Todos ellos esperan que se libere una cama en planta para ser trasladados. La distancia entre camas apenas deja espacio para dos personas. Al fondo, dos habitáculos acristalados, muy bien iluminados, con dos personas agonizando. La impresión, en un primer momento, me deprime. Reacciono bromeando: “Te traemos un tupper con un poco de panceta y unos bollos …”. Nos cuenta: “A ese que tengo yo enfrente le han dado ya cinco infartos. El chaval que está a su lado entró ayer: conducía su padre y el otro se saltó un ceda el paso. Esta noche se han llevado a dos muertos…”. Pasa el tiempo. Al cabo de un rato nos desalojan y según enfrentamos el camino inverso miramos hacia atrás y decimos adios con la mano. Pasamos por el mismo pasillo. Me quedo mirando a una enferma, ya anciana, que me clava -en cámara lenta- sus ojos hundidos y secos. Salimos a la calle. Nos sacudimos la impresión con bofetadas de calor. Abrazamos a nuestros hijos. Nos vamos a casa.

Fogonazo II

Mi padre nos cuenta su última aventura nautica. Han tenido mucha suerte: dos días de calma chicha en el estrecho. Llegada a un puerto marroquí –no recuerdo el nombre– y deciden ir a comer sardinas al carbón en el muelle local. Cientos de personas, familias enteras y muchos niños, sentados en mesas dispuestas a lo largo del muelle; sobre cada una de ellas, únicamente, un mantel de papel –como de embalar–, un plato con las sardinas y las bebidas –té marroquí o refrescos; nada de servilletas o cubiertos, todo se come con las manos. La algarabía deja entrever alegría y fuerza, mucha viveza en la escena. “Ellos están mucho más vivos que nosotros”, sentencia mi padre. “Nosotros estamos muertos”. Y luego, como si nada, sigue contando la historia. Al cabo de un rato, vuelvo sobre sus palabras: “¿Por qué crees que ellos están más vivos que nosotros?”, y responde: “Aquí todos estamos cansados. Nos agotamos sacando adelante una familia con dos hijos, y ellos tienen cinco o más y ni se inmutan. Además, se nos inculca el miedo: miedo al integrismo, miedo al terrorismo, miedo a los inmigrantes, a las crisis, a que asalten nuestra casa…”. Se hace un breve silencio. “Ellos tienen menos que perder”, finaliza.

Me voy a la cama, confundido, barruntando.