Una calma desconcertante rodea mi lugar de trabajo. No quiero creermelo. Cierro la puerta, y trato de disfrutar del momento, ponerme en situación.

He dedicado la mañana a cerrar temas pendientes. Termino con lo que tenía previsto y, por supuesto, pienso en el blog. Es hora también de esbozar un punto y seguido, trazar una línea, tan tenue como sea posible, que acompañe, en este universo paralelo, mi parón estival.

Ayer sufrí cierto estrés con el asuntillo de los últimos días, y por la noche (cómo no, al grito de "agua, papiii, agua") me he desvelado. Tenía los ojos pegados, pero los goznes de mi cerebro no dejaban de girar a su alrededor. Decidí levantarme, tantear un libro que llevarme a las manos, y poner rumbo al salón. Sin embargo, al pasar ante el gran ventanal abierto que da a la terraza me he quedado parado: el sonido del agua (siempre el agua...), los aspersores que riegan el cesped de la urbanización, me ha detenido. Y allí, desnudo en la oscuridad, frente al gran ventanal de la terraza, he sentido sobre mi cuerpo el frescor vivo y dulce de un aire que sólo sopla así en las madrugadas veraniegas; aire tibio y sensual, sobre cuerpos desnudos y soñolientos...

Y ese soplo de aire, sano y vivo, me ha hecho recordar. Por la mañana, cuando volvía de la entrevista -apesadumbrado, confuso-, me reencontré conmigo mismo aquí. Entré, leí los mensajes, navegué un poco, y sentí esa misma sensación: placer, alivio y cariño.

Dibujo pues una delgadisima línea en el suelo. Tengo que hacerlo: marcar los "tempos" que ofrece la vida y recordar que hay que estrujar cada etapa de la vida como si fuera la última.

La dibujo, la miro desde arriba, satisfecho, y la cruzo.

Miro para atrás.

Estoy contento.

Se os quiere.