Tras esta somera información acerca de las particularidades de la industria (porno) y de la comercialización del género, es menester indagar la significación de su presencia en la sociedad contemporánea.

Si la moral victoriana se correspondió a una economía de producción, el tránsito a una economía de consumo, desde los años veinte, provocó el derrumbe de aquel puritanismo sexual, perfectamente documentado por el arte de la novela (véase Francis Scott Fitzgerald) y por el cine (véanse las comedias de Clara Bow). Frente a la ética puritana del ahorro, de la contención y de la productividad, la pornografía se alzó como la ética del despilfarro sexual improductivo, pues en este género cinematográfico incluso las eyaculaciones se desvían de su canal vaginal para poder ser admiradas por el mirón.

(...)

Y todavía debe añadirse que si la meta de la pornografía reside en la edificación de un imaginario que dinamite selectivamente ciertos tabúes sociosexuales, el imaginario del cine porno no sadomasoquista ha liberado el imaginario cinematográfico de la violación de la mujer, ya que en este género la mujer suele hallarse en perenne y entusiasta estado de disponibilidad sexual, lo que evacua automáticamente el fantasma de la violación.

(...)

(...) la pornografía se desarrolló como negocio para estimular la sexualidad masculina y tal misión es perfectamente funcional con la mayor excitabilidad erótica visual del hombre en relación con la mujer (generalmente más sensible al rito, a la verbalidad y a la tactilidad), según una diferencia perfectamente basada en sus roles biológicos, ya que el papel masculino de agente activo -de "agresor", podría decirse figuradamente- en la relación sexual ha primado su sensibilidad teledetectora y de fijación a distancia de su objeto sexual, como hacen otros mamíferos machos mediante el olfato. En nuestra sociedad que ha semiatrofiado la función del olfato, la principal actividad teledetectora sexual se ejerce mediante el sentido de la vista, agudamente sensibilizada para tal función erótica. Y tal hipersensibilidad erótica haría al hombre destinatario óptimo del estímulo pornográfico.

Del libro: "La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas", de Román Gubern.