Siento una punzada en el estómago, pero tardo un poco en darme cuenta. Cuando la atiendo, siento como se expande en mi interior igual que una bomba de estrellitas juguetonas repentinamente activada. Mi corazón se acelera un instante, y juraría que mis labios dibujan una leve sonrisa. Me siento inmensamente feliz.

Miro de repente a mi alrededor y veo el lugar: un bar aparentemente insulso en el que nos citamos a escondidas una de las primeras veces. Las mismas bombitas en la parte alta del estómago: morirme de deseo durante la semana para, por fin el jueves, tenerte unos minutos, unas horas tal vez: y flotar a solas contigo, tenerte toda para mi: poder mirarte sin disimulo hasta desgastarte: hablar -¡si, hablar, contarte, escucharte, entreverte...!-, sin interrupciones, disfrutando de tus secretos, de tus provocaciones, de tus recetas para atraparme, para interesarme, para embelesarme, y sentirte cerca de verdad, hasta besarte de repente, y embriagarme con tu olor, y perderme en tu pelo –¡dios mío, tu pelo…! “Vuelcos continuos”, decías tú. “Bombitas juguetonas estrelladas contra mis entrañas”, pienso ahora yo: bombitas de perfume que explotaban de repente, como hoy: susurros que se activaban por la noche, desvelándome, igual que esta noche: las mismas expansiones de energía que liberaban hasta el infinito mis sentidos y tatuaron en mi vida tu presencia para siempre... Exactamente igual que hoy. Lo mismo siento ahora: hoy que paso casualmente por aquí y veo nuestro bar, hoy que cambio mi dirección habitual de ida al trabajo para recoger el certificado de vida laboral que me piden en el nuevo puesto...

¿Queeeeé...?

Lo vuelvo a pensar y las estrellitas juguetonas vuelven a propagarse: el corazón se me acelera de nuevo un momento, y meneo la cabeza mientras trato de asumir la gran noticia...

Estoy emocionado!

Cambio de vida!

Os quiero a todos!