Resumen de ideas tras la lectura del libro
El poder hunde sus raíces en lo más profundo de la naturaleza humana. A través del poder pone el hombre sus recursos al servicio de sus grandes quimeras: el deseo de afirmación del propio yo, el deseo de reconocimiento y vinculación social (el éxito), y el puro deseo de disfrutar, de gozar de los placeres de la vida. Tal vez por eso el término poder asocia fundamentalmente connotaciones negativas: ¿Cuántos poderosos no son esclavos de la necesidad de alimentar su ego con el continuo e insano borbotear de sonrisas, buenas palabras y actitudes serviles? ¿Cuántos de ellos no terminan prisioneros de las seductoras caricias de pequeños o grandes lujos a su alrededor? ¿Cuántos de ellos son capaces de resistir la natural tentación de expandirse, de dilatar su yo, de ensoberbecerse hasta el punto de olvidar que su poder no es originario, ni responde a los designios del más allá, sino a una función social concreta, controlable y finita? En todas las manifestaciones del poder cabe reconocer estas características que son, por tanto, inherentes al ejercicio de toda forma de poder.
Me parece importante distinguir los dos niveles en los que cabe estudiar el fenómeno del poder: el individual, por una parte, y el social, por otro. Si bien en ambos, como digo, cabe apreciar estos rasgos caracterizadores del poder hay una fundamental diferencia entre ellos: el ejercicio del poder a nivel social o político es necesario, imprescindible para organizar nuestra convivencia y disfrutar de nuestra vida en sociedad; por el contrario, no encuentro legitimación para justificar el ejercicio del poder a esa otra escala “micro” o individual. La finalidad del estudio del poder en uno y otro ámbito debe ser distinto: en el nivel político, mi aspiración al analizar los mecanismos del poder es entenderlo para controlarlo y valorarlo en su justa medida; mi objetivo al analizar el poder en el ámbito individual, en el familiar, en el amoroso, en el laboral, es descubrirlo para combatirlo.
En uno y otro caso es necesario entender cómo funciona el poder. El libro distingue tres niveles en la evolución del ejercicio del poder: de un primer nivel, en el que el poder es pura fuerza, mera imposición coactiva del propio deseo, se pasa a un segundo nivel: una forma más sutil de ejercerlo, indirectamente, simbólicamente, esto es, actuando sobre los sentimientos y las creencias de aquellos a quienes se pretende dominar; finalmente, en un tercer nivel, nos encaramamos en lo alto de nuestro edificio intelectual para buscar allí ese principio original, constituyente, que legitima socialmente el poder político.
El nivel más interesante es el segundo, el ejercicio indirecto del poder, que ejerce el poder por la vía de modificar nuestros sentimientos y creencias. Se modifican nuestros sentimientos utilizando eficazmente el premio y el castigo; pero también con sutiles técnicas de refuerzo como la seducción o el liderazgo; no nos equivoquemos: un líder con carisma utilizará su habilidad para atraer nuestros sentimientos a su causa; debemos estar alerta ante estas eficaces fórmulas de dominación: al fin y al cabo nuestros sentimientos (naturales “avisadores” ante situaciones de potencial amenaza u oportunidad) quedan aquí expuestos, por lo que deberemos interponer nuestra razón y prevenirnos de esas seducciones interesadas dirigidas a nuestra línea de flotación sentimental con fines mucho menos espirituales... En cuanto a nuestras creencias, el libro analiza muy bien aquellas formas de dominación que actúan tratando de anular nuestra voluntad. ¿Cómo? Atacando (i) nuestros deseos o proyectos; (ii) nuestra propia creencia acerca de la realidad; y (iii) nuestra propia capacidad para enfrentarnos con los problemas; así, por ejemplo, estrategias tales como despertar un deseo o una necesidad que antes no teníamos (y que sólo esa persona puede saciar), o adoctrinar ideológicamente o moralmente, o imponer modelos de conducta que reflejen la identidad de un líder al que se debe seguir… Me parece muy interesante la referencia a los procedimientos de “lavado de cerebro”, que sufrimos en situaciones mucho más habituales de lo que podamos pensar.
Vuelvo a las dos esferas en las que puede ejercerse el poder, la esfera personal y la social o política. En mi opinión, del abuso del poder en la esfera personal nos salva, primero el conocimiento, es decir, nuestra capacidad para reconocer las técnicas de dominación insana que sobre nosotros pueden ejercer nuestros más cercanos y, segundo, nuestra autonomía, que evita dependencias y nos permite encontrar alternativas viables a una potencial situación de sometimiento. En la esfera política por el contrario, del ejercicio arbitrario del poder nos salva fundamentalmente la noción de control, así como el juicio de legitimidad (que se desarrolla en la última parte del libro). Me ha sorprendido no encontrar referencias al mecanismo de control político por excelencia que es la separación de poderes (aunque sí hay referencias a otros contrapoderes, como los creadores de opinión, que al final cumplen una función similar). También me ha sorprendido no encontrar referencias a otras nociones que creo explican bien la limitación al que debe someterse todo poder, como el concepto de representación o de delegación y mandato. Esta idea de limitación del poder público me parece especialmente importante en momentos como los que vivimos actualmente. ¿No es necesario replantear los límites de un poder ejecutivo que, en la práctica, se ha impuesto contundentemente sobre todos los demás? ¿Puede la función de representación de los intereses de los ciudadanos depender de un solo hombre, que directa o indirectamente controla a su partido, a su grupo parlamentario y por ende también a los principales órganos del poder judicial? Por otra parte, ¿pueden aspectos esenciales tales como la propia capacitación u honestidad del candidato a presidente del gobierno quedar al arbitrio de sistemas de elección propios de la dinámica interna de los partidos? Siempre me ha llamado la atención la gran preparación a todos lo niveles que se pide a los primeros ejecutivos de una multinacional, por ejemplo, en contraposición al currículum que deben mostrar nuestros presidentes de gobierno, cuyo perfil para el puesto queda siempre en un segundo plano, encapsulado en la burocracia de los grandes partidos, en definitiva, absolutamente fuera de nuestro control ciudadano.
Dos últimas ideas:
a) El libro se centra en otras dos manifestaciones del poder: en las relaciones amorosas, incluyendo la familia, y en el trabajo. ¿Es acertado configurar las relaciones amorosas como campo en el que se manifiesta el poder? En mi opinión, no. Es cierto que surgen relaciones de poder en la pareja o en la familia, pero como sucede en cualquier otro ámbito de la acción humana. La cuestión no es, en mi opinión, si pueden darse relaciones amorosas no contaminadas por tensiones de poder, sino si pueden llamarse tales (amorosas) relaciones no basadas en las ideas de madurez, respeto y pacto; ninguna de ellas admite el desequilibrio propio de la relación de dominación, por lo que en mi opinión no es posible hablar de relaciones amorosas si existe ejercicio directo o indirecto del poder por parte de uno de los miembros hacia el otro. En la relación amorosa el ejercicio del poder, al igual que la pérdida del respeto mutuo o del deseo recíproco, degradan la relación y, por tanto, tarde o temprano, acaban con ella: una relación de pareja contaminada por relaciones de poder no es tal.
b) La última idea del libro se refiere al fundamento último poder político, es decir, a la creencia de que dicho poder es legítimo. Es una gran ficción, pero una ficción necesaria: la que sirve para fundamentar nuestros principales valores. Parece lógico: si nuestros valores más sagrados son construcciones intelectuales (los derechos del hombre y del ciudadano, por ejemplo) también deben serlo sus más elevadas ficciones legitimadoras. Sin embargo, no eludamos la fragilidad que este hecho esconde: si todo nuestro sistema de valores descansa en una gran ficción ¿quiere ello decir que nuestro sistema de bienestar, nuestra sociedad, el futuro de nuestros hijos, descansa en definitiva en una gran “creencia”? ¿Y si, por una u otra razón, por ignorancia o despiste, simplemente dejáramos de creer…? Antes el fundamento estaba en Dios, o en un derecho natural externo al hombre y previo, superior a él mismo. Pero no nos engañemos, detrás de estas ficciones no hay nada. Miento, está el intelecto del hombre y su asombrosa capacidad para crear símbolos que acaban por convertirse en dogmas, en creencias indiscutidas e indiscutibles para los propios hombres.
Me parece muy interesante la última parte del libro: no demos por hecho que la cómoda sociedad en la que vivimos “es lo que hay”, una realidad inmutable que heredamos de nuestros padres y que disfrutarán nuestros hijos por los siglos de los siglos. No es así. La realidad es mucho más frágil, y el horror, la brutalidad que la naturaleza del hombre esconde, está mucho más cerca de lo que aparenta. Conozcamos la realidad de nuestros fundamentos para defender lo que tenemos y para que nadie nos termine dando gato por liebre. Este sistema que nos ha dado derechos no lo ha hecho por arte de magia; tampoco el umbral de subsistencia, la seguridad social, los cauces de acceso a la cultura y a la tecnología, a la educación, a la libre empresa, a los recursos, al transporte, a la medicina, al ocio, a la intimidad, al disfrute libre de nuestra propia persona, al respeto a lo diferente…, nada de eso es obra del destino; por el contrario, todo descansa en unos fundamentos de legitimación del poder político que hemos creado porque necesitabamos partir de un punto de salida incuestionable. Valoremos lo que tenemos, desde el conocimiento de su naturaleza, y de lo que podemos sufrir si lo perdemos. Y no dejemos que nadie nos lo arrebate frívolamente. Pero tampoco sacralicemos estos principios, ni nos creamos nuestra ficción más allá de lo conveniente. Las intromisiones de la brutalidad y de la barbarie, del terror, en nuestras sociedades deben servirnos para reforzarnos, para entender lo que sería nuestra vida sin este estado de garantías que hemos creado. Seamos conscientes de lo que tenemos para mejorarlo. Garanticemos el futuro de nuestros hijos y blindémonos aún más, construyendo sobre bases de cultura y ética, legitimando aún mejor nuestro sistema. Conozcamos nuestras ficciones, revisémoslas, reforcémoslas en sus principios, y contrastémoslas constantemente con la realidad. Teoricemos, y ajustemos constantemente la teoría a la realidad vital del hombre, a esa otra gran –maravillosa– ficción humana, que es el “sentido común”.

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... y me quedo con esta
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