Padres e hijos: ¿Amigos o enemigos?
Resumen de ideas tras la lectura del libro
¿Qué es lo que debemos esperar de nuestros hijos? ¿Cuál el objetivo al que dirigir nuestro esfuerzo como educadores? Si no tenemos una respuesta, las víctimas somos nosotros. Por arrojarnos sin herramientas a la épica tarea de educar a nuestros hijos. Por abdicar de la misión que -queramos o no- tenemos como padres, que es la de cambiar el mundo. "No podemos culpar a los padres por sus deficiencias. Nadie les enseñó cómo debían proceder; ellos son también víctimas del desconcierto y conflictos generales". Pararse y pensar la respuesta es un comienzo para ese cambio.
La educación de nuestros hijos es una aplicación concreta de la convivencia humana: la manera acertada de educarlos coincide punto por punto con la manera acertada de tratar a las personas. Venimos de una tradición de siglos en la que la educación se limitaba a aplicar la técnica del premio/castigo; es decir, a aplicar las técnicas de dominación propias del ejercicio del poder y se basaban, por tanto, en relaciones de dominio. Esa es la dinámica que nos toca romper. Somos el puente tendido entre el pasado y el futuro. Sólo de nosotros depende poder visualizar un mejor futuro para nuestros hijos, que debemos construir a partir de un cambio, hoy, de los principios y de la forma de educar que heredamos de nuestros padres. Romper con los principios que sostuvieron la educación de nuestros padres. Aplicar nuevos principios de dignidad, respeto, esfuerzo, preparación, pacto... Cambiar también las formas, los métodos.
El libro no habla de valores morales, ni se refiere a la ética o filosofía de la educación; "sólo nos interesa lo que sienten los niños y por qué están mal educados". "La educación de los hijos es hoy una empresa heroica, casi una obra de arte. Sin una gran resolución y empeño por dominar las herramientas de este oficio no podremos tener éxito". Leer este libro ha sido en mi caso reflejo de ese empeño.
Comienza el libro analizando los objetivos que persigue el niño. Hasta la edad de los diez o doce años estos objetivos son fáciles de identificar; el primero de ellos lo conocemos bien en su manifestación: llamar la atención. Entender la causa de este afán, así como las desviaciones que su insatisfacción puede producir en nuestros hijos es esencial. ¿Qué hay detrás de ese constante impulso por llamar nuestra atención? Limitarnos a responder sin llegar al origen del problema -"los niños son así", "se aburren", "simplemente necesitan llamar la atención"- refleja nuestra incapacidad por entender un aspecto tras el que subyacen, si no todos, sí gran parte de nuestros defectos como educadores. ¿Qué hay entonces detrás de esa innata, constante e inquebrantable necesidad por llamar nuestra atención? La respuesta es tan natural y comprensible como esperanzadora: su natural e irrefrenable deseo de convertirse en actores de nuestro mundo, en protagonistas positivos del entorno del que les hacemos partícipes desde el momento en que decidimos traerles al mundo. Si fracasamos en nuestra misión de prepararles, de ayudarles a ser parte útil de nuestra familia y de nuestro entorno, si les privamos de su capacidad de convertirse en agentes esenciales de nuestro mundo y de cambiarlo, mejorándolo, es que no hemos entendido nuestra misión como padres.
El único modo de que el niño pueda sentirse aceptado es que pueda contribuir al bienestar de los miembros de más edad de la familia. Esa contribución es lo que le dará su verdadero puesto y valor social. El niño es naturalmente propenso a ser constructivo y creador mientras se vea capaz de obtener logros. Alimentar esa visión es parte esencial del trabajo.
El libro se detiene en analizar qué ocurre cuando, por diversas circunstancias, el niño no consigue alcanzar ese natural deseo de ser útil en su entorno. Por ejemplo, muchas veces el niño llegará a la conclusión de que molestando consigue atraer sobre sí una atención que de otra manera no logra. Aparecen así cuatro tipos de comportamiento (activo-constructivo, activo-destructivo, pasivo-constructivo y pasivo-destructivo) que me han parecido esclarecedores, porque de una u otra manera, en uno u otro momento, distingo en estos tipos aspectos que veo en mis hijos o en los de mi entorno (por ejemplo, se habla del "niño modelo", del niño excesivamente escrupuloso, del niño precoz, del niño payaso, del niño impertinente, del niño propuesta, rasgos como la inconstancia, el encanto, la vanidad, la timidez, la falta de autonomía y el desorden, la falta de concentración y aguante, ansia de placeres y de superficialidad, la angustia y el miedo, dificultades de la nutrición, defectos del habla...).
Cuando fallan los esfuerzos del niño por alcanzar su puesto dentro de la sociedad mediante las llamadas de atención, aparece una nueva fase en la que se manifiestan otras actitudes, tales como la lucha por la superioridad y el dominio, y la venganza o la retirada (se analizan aquí actitudes como la fuerza y la brutalidad, la terquedad, los ataques de genio, los malos hábitos, la masturbación, mojar las sábanas, la pereza, la imbecilidad, la incapacidad o pasividad empedernidas). Con la referencia a trastornos más severos, como las neurosis o psicosis termina esta parte del libro dedicada a analizar el comportamiento de los niños.
Comienza a partir de aquí una segunda, quizá más útil en el día a día, que es el de los métodos educativos eficaces. ¿Cuál es la meta de un método educativo eficaz? Conseguir que el niño desarrolle un buen sentido comunitario. ¿Cómo? Tres principios: 1) Aprender a fomentar en el niño el respeto del orden y de las convenciones sociales; 2) Aprender a evitar los conflictos y disensiones con el niño; y 3) Aprender a aportar al niño constante ánimo y estímulo. Estos son los principios que debemos tener siempre presentes; se desarrollan con cierto detalle, por lo que su lectura me ha parecido muy útil.
Pero con eso no basta: sabemos hacia dónde debemos enfocar nuestros esfuerzos, es decir, qué es lo que queremos conseguir, pero... ¿cómo hacerlo? Es evidente que además de principios que seguir, necesitamos un repertorio de ideas, un manual que poder utilizar en el día a día. Descendemos por fin a lo práctico. ¿Qué aportación encontramos?, ¿cuáles son esos métodos? No sé si enumerarlos aquí defraudará a quien espere descubrir grandes secretos, pero a mí me ha reconfortado verlos sistematizados: a) Observar; b) Reflexionar; c) Adoptar una actitud correcta; y d) ¡Actuar! Lo mejor: el detalle -las ideas concretas- que encontramos a partir de esta segunda parte del libro. Hay quien duerme junto a la biblia. Yo tengo ahora este libro en mi mesilla, junto al despertador y el vaso de agua. Pongo algunos ejemplos de cada apartado. Empecemos por la observación: ¿cuántos de nosotros somos capaces de volver a sentir -de verdad- lo que sentíamos cuando éramos niños y vivíamos bajo el techo, bajo la vigilancia y la autoridad de nuestros padres? ¿Alguien recuerda aún el sentimiento de inferioridad o de inseguridad propio de esta condición? ¿Podemos ser buenos padres sin volver la mirada atrás y comprender, recordando eficazmente, lo que es ser hijo de unos padres más mayores, más fuertes y más sabios que uno mismo? Comprender al niño significa comprender la naturaleza humana; es posible conocer a una persona intuitivamente, pero el conocimiento lúcido y razonado de una individualidad sólo puede lograrse a través del conocimiento sistemático de su desarrollo y formación. Pretende el libro en este punto captar la íntegra personalidad del niño y su estructura fundamental, que persiste a través de todas las edades de la vida.
Eso no es todo: la información o adquisición de los conocimientos precisos debe ser sólo uno de los objetivos; el otro es el desarrollo de la propia personalidad de los educadores: los mismos padres somos como niños muchas veces -niños-problema- que también deben ser educados. El problema, claro, es que no es tan fácil influir sobre los padres como sobre los hijos. Ese es otro de los retos: los padres debemos, y podemos, aprender a conocernos; por ejemplo, superar la falta de confianza en nosotros mismos -si es que es ese nuestro problema- si queremos poder adoptar ante nuestros hijos una actitud más equilibrada y serena. Si estamos contentos de nuestros hijos y queremos mejorar nuestra eficacia educadora, debemos trabajar en mejorarnos. Debemos estar dispuestos a aceptar, nosotros mismos, las obligaciones morales que imponemos a nuestros hijos.
¿Qué hay del último punto: "Actuar"? ¿Cómo debemos actuar para conseguir los objetivos -los tres principios básicos- que nos proponíamos? Uno de los métodos más eficaces es dejar que el niño descubra o sufra las consecuencias de sus actos, en su caso de su mal comportamiento. En mi opinión este es uno de los puntos clave: aquél en el que más y mejor debemos avanzar para trabajar un mejor futuro para nuestros hijos; veo aquí uno de los grandes problemas de la educación de nuestros hijos actualmente, y por tanto una gran oportunidad de mejora para el futuro: la híper-protección de los padres debe terminar; en la práctica ello anula la capacidad de nuestros hijos para madurar y hacerse con su vida. Pero no sigo por aquí, vuelvo al tema del libro.
Otros métodos educativos eficaces: descubrir el oculto motivo tras la actitud del niño, y ponérselo de manifiesto, pactar reglas entre todos los miembros de la familia y aplicarlas a través del "consejo de familia", etc. Se habla también de situaciones especiales tales como los preparativos antes del nacimiento, la lactancia, el destete, la educación del aseo y de la limpieza, la primera independencia, saber vestirse, aprender a hablar, lavarse, la comida, ayudar en los trabajos de casas, el niño destronado, convivencia con otros niños, la escuela, enfermedades infantiles, accidentes y compasión, educadores "sin invitación", información sexual, tratar a los niños conforme a su edad, pubertad y progresiva autonomía de los padres. Por último un útil decálogo de los errores educativos más frecuentes: creer que el niño no necesita atenerse a un orden, dejarse arrastrar a una lucha con el niño o desanimar o abatir al niño.
Un principio fundamental para el correcto mantenimiento de las relaciones humanas es el respeto de la dignidad recíproca. Todos los errores educativos son consecuencia de la lesión de esa regla fundamental de colaboración. Los padres que no respetan al niño le deprimirán, le defraudarán y le protegerán en exceso. Por otro lado, si son demasiado indulgentes, vilipendiarán su propia dignidad y no se granjearán el debido respeto al dejar que el niño les domine, convirtiéndose en esclavos del niño. La gran variedad de errores educativos puede, en todo caso, reducirse a no hacer la debida cuenta de la dignidad del niño, o a no tener el debido respeto a la propia dignidad. El resultado de esa desconsideración son esas tan frecuentes como perjudiciales oscilaciones entre la violencia y la excesiva indulgencia.

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... y me quedo con esta